8.6.06

Ensayo

El hombre es un ser gregario por naturaleza, que necesita vivir rodeado de pares, poder establecer una comunicación con ellos y estar integrado en una comunidad. Internet es una herramienta informática que logra satisfacer en amplia medida esta necesidad de integración propia de todo ser humano. A través de ella podemos encontrarnos con personas que comparten nuestros intereses y pertenecer así a distintos tipos de comunidad virtual. Internet, entonces, posibilita la conformación de comunidades agrupadas de acuerdo a intereses compartidos.
En este sentido, considero que el mundo virtual es tan bien recibido por la mayoría de las personas en la medida en que suple las deficiencias que en muchos casos se advierten en el mundo “real”. Tal afirmación es particularmente ostensible a la hora de contemplar la falta de consideración que deben enfrentar cotidianamente las personas que sufren algún tipo de discapacidad. Es evidente que la ciudad no está pensada para que ellos puedan discurrir sin dificultad alguna.
Tal como lo informa una nota publicada por el diario Clarín el 7 de Mayo del corriente año, el Plan de Accesiblidad que fue pensado para que en la Argentina no pudiera construirse sin antes especificar por dónde podrán transitar hombres, mujeres y niños en silla de ruedas, sólo fue aceptado por 200 de los 2.172 municipios que hay en el país.
Si consideramos la
ley 24.901 sin tener en cuenta su imprescindible instancia de aplicación, podríamos pensar que nuestro país ofrece a las personas que sufren algún tipo de discapacidad acciones de prevención, asistencia, promoción y protección. O que las obras sociales cubren a sus afiliados la totalidad de las prestaciones básicas enunciadas por dicha ley. Sin embargo, tal como lo revela la nota de Clarín mencionada anteriormente, el Estado “no cumple ni hace cumplir las leyes que protegen a las personas con discapacidad. Así, más de dos millones de personas enfrentan obstáculos para transitar, estudiar, trabajar o cuidar de su salud.”
De este modo, en los hechos, se advierte cuán poco adaptado se encuentra nuestro país en relación con las personas que necesitan que sus limitaciones sean tenidas en cuenta. En definitiva, observamos que éstas son más consideradas en el mundo virtual que en el mundo “real”. Un ejemplo de ello es la comunidad virtual llamada
Red de Integración Especial, la cual procura la integración y accesibilidad plena de todos los participantes respecto de las actividades propuestas en su sitio, tales como tomar cursos a distancia, participar en congresos virtuales, acceder a las noticias del día, descargar libros digitales, etc. Además, cada una de sus páginas ofrece la posibilidad de cambiar su estilo, el cual puede ser normal, con fondo oscuro o texto grande.
Otro tipo de imposibilidades o limitaciones del mundo “real”, mucho menos significativas que las mencionadas anteriormente, pero no por ello irrelevantes, también son superadas, en cierta medida, por el mundo virtual. Tal es el caso de los programas que permiten bajar música de Internet en forma gratuita; la dificultad económica de comprar tantos CD’s como uno quisiera se encuentra superada mediante la utilización de programas como lo fue el Napster en un principio. A este respecto, Alejandro Piscitelli en su libro Ciberculturas 2.0 afirma que “Napster atendió a una demanda latente inmensa, que lo pedía a gritos”. No obstante su gran demanda, Napster fue cerrado en Agosto del 2001 debido al perjuicio económico que su uso le generaba a las compañías discográficas y a los propios cantantes (cabe aclarar que actualmente existen varios programas que permiten descargar archivos de música, como el Winamp, Kazaa, Emule, etc). En este sentido, resulta interesante la apreciación de Piscitelli según la cual considera que así como las compañías discográficas sostienen que compartir canciones es en realidad robar, usando su misma línea argumental podemos retrucar que bloquear la comunicación e intercambio de ideas y conocimiento entre la gente es ejercer la censura.
Esgrimiendo el mismo derecho de propiedad intelectual, las editoriales así como los propios escritores no acuerdan con la publicación completa de sus libros en la Web. Por lo general, en ella podemos encontrar algunos libros clásicos y ninguno o casi ninguno actual; a lo sumo se encuentran fragmentos, a fin de promocionar el libro para una compra de hecho, pero difícilmente hallemos libros completos. Vale aclarar que existen bibliotecas virtuales, como la del
Instituto Cervantes, pero éstas de ninguna manera se asemejan a las bibliotecas propiamente dichas.
Es cierto que determinados usos de Internet alientan la formación de comunidades virtuales (chats, foros, etc), pero a la vez es preciso tener en cuenta que el acceso a ellas puede no resultar tan sencillo para personas que poseen algún tipo de discapacidad. Guillermo Parizzia, nuestro entrevistado, nos contó que a pesar de tener dificultades motrices como producto de su parálisis cerebral no necesitaba utilizar tecnologías adaptadas, pero es claro que muchas personas no pueden acceder a determinadas tecnologías si no cuentan con la ayuda de ciertas adaptaciones. El gran problema es que éstas no son económicamente accesibles y que en muchos casos se desconocen. El Estado no otorga este tipo de tecnología de manera gratuita y si lo hace, el proceso de entrega es largo y tedioso.
Resulta interesante advertir que la propia noción de tecnologías adaptadas queda en entredicho si consideramos la idea del cuerpo protésico planteada por Tomás Maldonado. Según él, la historia del hombre es, entre muchas otras cosas, la historia de una progresiva artificialización del cuerpo, lo cual implica la continua creación de artefactos destinados a completar las congénitas carencias prestacionales de nuestro cuerpo. Así nacen, en torno a él, una serie de prótesis (motoras, sensorioperceptivas e intelectivas), que nos vuelven más eficaces en la relación performativa con el medio ambiente. De manera que tanto las personas que no sufren ningún tipo de discapacidad motriz, sensorial o mental-cognitiva como quienes sí las padecen, precisan de cierta tecnología adaptada a sus competencias. La diferencia es que éstas últimas se encuentran en inferioridad de condiciones en cuanto a sus posibilidades de inserción social respecto de las primeras, de modo que aquella tecnología adaptada que le permita a la persona con cierta discapacidad su integración social le debe ser proporcionada por el Estado o por su obra social, en caso de pertenecer a alguna. Lamentablemente, esta situación idónea no es la que se da con mayor frecuencia. Ello queda parcialmente comprobado al examinar la respuesta negativa que
CAMAC (Centro Argentino de Medios Alternativos de Comunicación) nos dio a propósito de la pregunta sobre el otorgamiento de algún tipo de subsidio por parte de ellos o del Estado en caso de que la persona no pudiese afrontar el gasto de la tecnología en cuestión. Así mismo, en diversas páginas web de empresas que ofrecen tecnología adaptada (véase links de interés) se advierte el elevado costo de la misma, con lo cual, una vez más, se favorece la exclusión, se obstaculiza la posibilidad de acceder a aquella.
Para concluir con estas reflexiones, considero pertinente introducir las nociones de tradición prometeica y tradición fáustica trabajadas por Paula Sibilia en su libro El hombre postorgánico. Ella considera ambas nociones como dos tendencias identificables en la base filosófica de la tecnociencia de distintas épocas. La tradición prometeica, que tendría que ver con una visión meramente instrumental de la técnica, para la cual los artefactos técnicos constituyen sólo extensiones de las capacidades corporales, sería la tendencia que la autora considera propia de la época moderna; mientras que la tradición fáustica, que contempla la ciencia como dependiente de la técnica, correspondería a la era postmoderna. En esta última y actual tradición se advierte un impulso ciego hacia el dominio y la apropiación total de la naturaleza, tanto exterior como interior al cuerpo humano.
Así las cosas, urge retornar, en la medida de lo posible, a la antigua tradición, apostando al papel liberador del conocimiento científico, proponiendo un tipo de saber que busque mejorar las condiciones de vida a través de la tecnología. La técnica debe estar al servicio de los hombres y no a la inversa. A propósito de esto, cabe reconocer el esfuerzo de organizaciones como
Red Confluir, Fundación Sidar o Red de Integración Especial, las cuales apuntan a que Internet pueda ser igualmente accesible para todos. Ojalá las cosas continúen en este sentido y puedan extenderse hacia otros ámbitos.

Bibliografía:
  • Maldonado, Tomas "Cuerpo humano y conocimiento digital". Cap.3 de Crítica de la razón informática. Barcelona, Paidos, 1998
  • Piscitelli, Alejandro "La Odisea de Napster. Los sistemas para par y el rediseño de la libertad de los usuarios". Cap. 12 de Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Barcelona, Paidos, 2002.
  • Sibilia, Paula "Capitalismo", "Tecnociencia" Caps 1 y 2 de El hombre postorgánico Cuerpo subjetividad y tecnologias digitales. Buenos Aires, FCE, 2005.